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lunes, 30 de diciembre de 2013

LA NOCHE Y TU

DEL DUKE.


HECHIZOS DE AMANTES PRISIONEROS DE REALIDADES QUE NO EXISTEN....

SOMBRAS Y FRAGANCIA QUE LA NOCHE RECONOCE COMO DUEÑA DE LOS HECHIZOS DE AMANTES PRISIONEROS DE REALIDADES QUE NO EXISTEN.
VOZ DE UN ECO LEJANO QUE ANIDA EN LA ALMOHADA APRETUJADA DE DESEOS, EN LAS TENUES CARICIAS QUE LA FANTASÍA DIBUJA CON TERNURAS VIVAS.
SENSACIONES QUE LA PIEL SIENTE ENTRE PALPITACIONES QUE LA SANGRE ACELERA, FUEGO ENCENDIDO DEVORANDO EL OXIGENO QUE ADORMECE LOS SENTIDOS.
BORRACHERA DE TENTACIONES QUE EMBRIAGA AL ALMA DE PASIONES DULCES.
TODO CUANTO SE ENREDA ENTRE SOMBRAS Y PENSAMIENTOS HACE DEL INSTANTE EL MOMENTO MISMO DE AMARTE ENTRE, SUEÑOS DE FANTASÍAS Y REALIDADES DE UNA NOCHE.
.
MIS OJOS QUE YA CONOCEN LAS SOMBRAS DE TUS SOMBRAS AGUARDAN EL FINAL DE TU DANZA NOCTURNA, TU LENTO DESNUDAR, TU CAMINAR POR EL AIRE COMO LA MISMA LUNA ..

TU RISA ALEGRE DE PICARDÍAS CÓMPLICE, TU MIRADA QUE EL DESEO NO ESCONDE Y MIS MANOS QUE SE ALARGAN EN LAS SOMBRAS BUSCÁNDOTE, AFEÁNDOSE A TU CUERPO, AL CALOR DE TU PIEL.
LA NOCHE ESTALLA EN MILES, MILLARES DE CHISPAS DE COLORES, EN FRAGANCIA DE CUERPOS ANHELANTES, PERFUMES DE DESEOS EN UN VOLCÁN DE PASIONES ENCENDIDAS.
Y NO HAY TIEMPO PARA ESE OTRO TIEMPO QUE NO EXISTE, SOLO TU Y YO EN LA INMENSIDAD DEL INFINITO, EN LAS PROFUNDIDADES DE LOS MARES, ARRASTRADOS POR LA LAS MAREAS LUNARES DE LOS PLACERES SOLITARIOS.
NO, NO EXISTE NINGÚN TIEMPO EN NINGUNA REALIDAD, SOLO LA NOCHE Y TU 



domingo, 21 de julio de 2013

CRONICA DE UN BOHEMIO

Razmo



Estaba cansado, tenía más de 30 años en la vida delictiva, hasta que conoció la bohemia y se convirtió en escritor nocturno

Entonces escribió casi como si fuese una actividad delictiva, porque no le gustaba que nadie leyera sus versos nocturnos


Para algunos fue un cuatrero, ladronzuelo y fugitivo al que culpaban de todos los hechos delictivos, en secreto: un bohemio

Sus versos fueron ágiles, rápidos, ocultos y repletos de intencionalidad como cuando tenía su vida delictiva que ya nada extrañaba

Con un fuego helado en los días lluviosos escribía esas historias cargadas de crueldad   para engañar al amanecer y los sonidos urbanos

En la madrugada recayó para preguntarse ¿Cuáles son los titulares y crónicas y versos que engendran actos 
Describió el hecho delictivo que no existió, con lo que inauguró una triste estadística de versos, opiniones, crónicas y titulares

Monstruosidades y casos poéticos, cambió de lo patético a lo retórico en aquellas noches de bohemia, hasta que logró el olvido

... versos, opiniones, titulares, historias, crónicas, confesiones redactadas al amanecer, solo su sentencia no escribió ni leyó

Los papeles de confesiones delictivas quedaron sobre la mesa y fueron recogidos en una obra que el mismo intituló Versos

Por escribir sus versos, crónicas y titulares dejó sus operaciones delictivas, ahora protege y financia la bohemia inspiradora
Las primeras luces lloran la muerte de una madrugada que se convirtió en inútiles palabras

Si bien la insolencia se perdona, se considera un acto delictivo. Si bien la noche muere el amanecer no es culpable

La bohemia podrá ser considerada furtiva y hasta indomable, pero jamás delictiva
Cuando releyó 'Versos' se arrepintió, lo tachó y con tinta roja sobrescribió "Siete hechos delictivos"

No se publicaron ni versos ni hechos delictivos, el bohemio escritor descubrió el amanecer, supo que fueron horas perdidas y regresó


sábado, 16 de junio de 2012

CONFESIONES DE PAMELA

PAMELA ES UNA MUJER COMO CUALQUIERA..PERO NO ES UNA CUALQUIERA....


ESTA NOCHE CRECE DE UNA FORMA DISTINTA, PORQUE ASÍ LO HE QUERIDO Y ESPERO QUE AMANEZCA ANTES DE ARREPENTIRME Y SALIR A DONDE ENCONTRARÍA COMPAÑÍA.
ESTOY AQUÍ BAJO UNA SOMBRA, RECORDANDO LAS NOCHES EN LAS QUE YO NECESITABA SER LLENADA Y ALGUIEN NECESITABA LLENAR ESPACIOS ESCONDIDOS BAJO UNA FALDA.
PERO TODO RITUAL LLEGA A PERDER SENTIDO EN ALGÚN MOMENTO.  


ASÍ ES COMO LLEGUÉ A ESTE PUNTO, PERDIDA Y ATRAPADA ENTRE LA OSCURIDAD Y EL DESEO IRRESISTIBLE, Y ENTRE BESOS DE EXTRAÑOS QUE EN REALIDAD NO LLENABAN NADA SINO TODO LO CONTRARIO; VACÍA Y MUERTA ESPERANDO SER REVIVIDA POR ALGUIEN.ABURRIDA DE ESTE JUEGO QUE TODOS CONOCEN Y EN EL QUE NADIE PIERDE, ESTE JUEGO QUE TE ALEJA CADA VEZ MÁS DEL AMOR PERO TE ACERCA MÁS A LO DIVINO. EN DONDE ESTAMOS PROTEGIDOS POR CUATRO PAREDES Y POR TUS BRAZOS, DONDE GEMIR NO ESTÁ PROHIBIDO, AULLANDO A LA LUZ DE LA LUNA REFLEJADA SOBRE TU PECHO, MI ESPALDA Y MIS PIERNAS. ESPERANDO SIEMPRE ALGUNA REVELACIÓN DE ESTA APASIONADA EMBRIAGUEZ QUE SE HA VUELTO UNA RUTINA MÁS QUE UNA SALVACIÓN. 



PERO PREFIERO ESTÁ RUTINA A ESCUCHAR EL ECO DE UN "TE AMO", PORQUE EL AMOR ES LA FRAGILIDAD DE LA QUE ESTAMOS ENVUELTOS Y NOS VUELVE PRISIONEROS, Y YO NO SOY CAPAZ DE CUIDAR UN CORAZÓN DE CRISTAL Y VIVIR CON LA CULPA PARA CUANDO SE ME LLEGUE A CAER DE LAS MANOS O DE LA BOCA.
NO TE QUIERO EN MIS PENSAMIENTOS, NI EN MIS SUEÑOS NI EN EN EL DÍA. TE QUIERO SOLO EN MI CAMA Y QUE ME ARRULLES CON TUS CARICIAS Y QUE ME HAGAS SENTIR AMADA POR LAS NOCHES SOLAMENTE.
NO ENCUENTRO SALIDA MÁS QUE DE BUSCAR ESTO, DE AHOGARME CON TU SALIVA Y CON TUS PALABRAS EFÍMERAS QUE SE VAN CON EL HUMO. PERO ES EL MIEDO EL QUE ME LLENA DE ESTA PASIÓN TAN EXTRAÑA QUE ME DEVORA, ES EL MIEDO EL QUE SE APODERA DE MI COMO UN DEMONIO.
Y EN LO MÁS PROFUNDO DE LA NOCHE INMORTAL Y DE ESTE MIEDO ES DONDE ME ENCUENTRO.

 NOTA

 Y PAMELA SIGUE ESPERANDOLO UNA NOCHE EN SU CAMA...AL MENOS UNA NOCHE DE AMOR DE MENTIRA

lunes, 4 de junio de 2012

Las máscaras en la vida


 DE RAUL ZABALA
En abril del 2008, subí un post sobre el uso de las máscaras en la vida. Lo hice como un dato novedoso a pesar que fue publicado en 1925 y lo relacioné exclusivamente para temas de planificación. Cuatro años después, a ese mismo post le di otro valor mucho más humano, afín con mis  aspiraciones, mis realidades sociales y laborales, gracias a una conversación en el ciberespacio.


El comentario en mención tiene que ver con la razón para no usar la palabra ‘Etc.’, citada en la revista SPONDYLUS que a su vez la transcribió de "El Cronista" del miércoles 5 de diciembre de 1925, bajo el título “El hombre que para todo decía Etc.” 
El contenido en mención dice textualmente:
La sinceridad no es más que una máscara inventada por los hipócritas, pero tan admirable y tan inteligentemente bien hecha que se las ponen los hipócritas y les queda bien.
La verdad no es otra cosa que la máscara de la mentira, pero hecha de tanta gracia, tanto talento y tanto arte, que se la ponen los mentirosos y les queda bien.
La valentía no es más que una máscara de la cobardía, pero hecha con tal desplante y con tal inteligencia que se las ponen los cobardes y les queda bien.
Todo es cuestión de máscaras en la vida y todas nos quedan bien, menos una, la del saber. Es muy difícil llevar la máscara del saber.
No se ha inventado todavía una máscara para la estupidez. A lo más que se ha llegado es a ponerle a la estupidez un antifaz.

Pienso ahora en mi realidad laboral. ¿Qué máscara uso cuando llego a mi trabajo con un dolor emocional? ¿Qué máscara tengo a la mano para mi vida social cuando un problema laboral me oprime el pensamiento?
Tal vez no es tan complicado responderme, lo duro es el momento cuando llego a la conclusión que en mi relación familiar y sentimental, también debo usar alguna máscara.
Extraña coincidencia, a inicios de mayo mantengo una conversación en Twitter, justamente sobre actitudes ante la vida… twitts van y vienen, pienso en mi cada vez que interactúo, entonces junto los monólogos sociales de @SaydaEleana y @gabita, recibo grandes lecciones de vida.

Con el permiso de las mencionadas damas me permito incluir sus reflexiones de manera individual y aleatoria:
El uso de máscaras es más común de lo que parece
La máscara es para ocultar algo que no deseamos que los demás noten. Paciencia es una virtud
Entiendo lo de las máscaras para no sentirse vulnerable, pero las de cambio de personalidad para conquistar?
Yo la uso en la oficina o cuando no quiero afectar a mi familia con problemas laborales. Cuando trato no mezclar!
Cada uno le pone el nombre apropiado a la máscara... Pero al final, muchos la usamos. Así es la vida a veces!
Y ante quien nos la ponemos
Si necesitas usar una máscara ante alguien que tu quieres, ese alguien no te merece
No confundamos máscaras con roles
Sería tonto usar mascaras en familia... Salvo que no exista comunicación, que sería algo terrible!
Exacto, una familia con máscaras es patética
No todos se merecen una máscara! Hay quienes te quieren por quien eres en tus buenos y malos ratos!
Entonces me pregunto ¿cuándo debo usar máscara? ¿Necesito una especial en alguna ocasión común? Respondo: Sí. Y al igual que decido qué ropa usar, busco una máscara que esté acorde con el día y guardo algunas de recambio por si acaso el ambiente tenga mutaciones en el devenir de las horas. No se el futuro.
Inesperadamente siento un denso humo invisible, busco entre mis bolsillos mentales la máscara apropiada y sigo. Por alguna otra razón escucho una conversación que me involucra y regreso la mirada para buscar la siguiente máscara. El día termina y al conducir de regreso a casa me miro en el retrovisor y me doy cuenta que a solas no uso máscaras.
Inesperadamente siento una caricia, busco entre mis bolsillos mentales la máscara apropiada y no existe. Por alguna otra razón escucho mi nombre y regreso la mirada sin máscara. El día termina sin que haya usado una máscara, hasta que descubro que a mi alrededor otros sí la tienen puesta e inevitablemente me veo en la obligación de volver a usarla, tal vez un modelo nuevo.
Es la vida, usamos máscara y mostramos el rostro limpio. Solo es cuestión de reconocer el momento oportuno para lo uno y lo otro. De conocer a la persona apropiada para lo uno y lo otro.

miércoles, 24 de agosto de 2011

EL UNICO SI..FUE EL ULTIMO



RAUL ZAVALA


Al igual que todas mañanas, llegué hasta su casa y esta vez no encontré el aroma a café.



El silencio inundaba aquella estancia decorada con esmero y de pulcritud inapelable, aun así entré sin usar la alfombra. Dije su nombre en voz alta… una y otra vez mientras avanzaba por la sala. Nada, ninguna respuesta.




La sala, el comedor, la cocina, el baño, el patio y en ningún lugar estaba. En los  cinco años que la conozco nunca salía de casa sin dejar un nota y el café preparado. Esta vez ninguno de los dos. 


Un solo sitio faltaba revisar, al lugar de la casa al que nunca había sido invitado: su dormitorio.



Subí las escaleras y vi la única puerta, entreabierta, ausencia total de ruidos; la empujé y se abrió así mismo en silencio. Allí está ella, acostada sobre el piso, nada a su alrededor, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la pose que muestra las fotografías de las momias de Egipto. 


Lo ojos cerrados y no se sentía su respiración.



–  ¿Estás bien? Pregunté 

    No!! Me respondió casi sin mover los labios y sin abrir los ojos.– ¿Físico o       


    emocional? Dije casi al instante



El silencio volvió a reinar y supe quedarme callado para analizar esa respuesta. Respiré con fuerza e hice la siguiente pregunta:






¿Quieres tomar café?

– ¡No! Fue la respuesta
 Casi de inmediato intervine.– Bien, si es que no te molesta, voy a preparar café. Ya sabes que es una costumbre que no la puedo dejar de un día para el otro. Nuevamente sus labios se movieron. Dijo: – “¡No!”Di media vuelta y bajé a la cocina. Busque el ánfora de porcelana decorada, de la que la vi sacar siempre el café molido. A mis espaldas estaba la cafetera eléctrica con la jarra de cristal transparente… limpia. Cumplí los procedimientos de estos casos y mientras 
filtraba el café decidí fumar un cigarrillo.


Me arrimé sobre un anaquel, saqué la cajetilla y la fosforera del bolsillo de mi camisa, tomé uno de los cigarrillos y lo lleve hasta mis labios, lo prendí y tome la primera bocana de humo como si no lo hubiese hecho en años…solté el humo con fuerza, que coincidió con los primeros aromas a café provenientes de aquella cafetera.





Los olores se mezclaron. Ahora debía decidir qué hacer con ella. Terminé mi cigarrillo y ya estaba listo el café para beberlo. 
Tomé un pequeño cenicero y lo guardé en el bolsillo trasero de mi pantalón. Por el asa de un jarro pasé mis dedos y con apoyo de mis manos levanté la cafetera y la lleve conmigo. Subí las escaleras y nuevamente llegué frente a ella.







Me incliné y deposité el jarro en el piso, dejé la cafetera junto a una pared con un enchufe cercano, la conecté.
Busqué en la cama la almohada y la puse en el piso casi cercana a ella. Aun lado estaban el cenicero, la cafetera, mis cigarrillos… faltaba algo. Bajé nuevamente a la cocina por el azúcar y una cuchara. Regrese al cuarto, me senté sobre la almohada.
 Ya con todo lo necesario a mi alrededor empecé el ritual: me serví un jarro de café, el puse una cucharada pequeña de azúcar y lo mezclé casi sin hacer sonar… lo probé; satisfacción. Prendí otro cigarrillo y la miré de pies a cabeza. Bebí un trago y fumé. Las energías que necesitaba para empezar.




– Ya que estoy aquí y tú estás así, es un buen momento para saber sobre esta actitud tuya.  Esta vez me debes una conversación por las tantas horas que siempre te presté oídos. No te pido que justifiques ánimo. 
Abrió los ojos pero no me miró. Acerqué mi cigarrillo a sus labios y le dio una pitada, tragó el humo y lo soltó lentamente.


Sin decir nada de nada. Yo seguí tomando mi café.Casi como un susurro empezó a balbucear sonidos inentendibles. Volví a fumar y dejé que siguiera en ese arrebato. Había dado un buen paso. Cuando calló nuevamente puse el cigarrillo en sus labios.


– Por favor, podrías hablar con claridad. Creo que al menos eso me merezco. 
Empezó a explicarme la situación, con tono mesurado y arrítmico, sin emociones, pero sin cambiar de posición del cuerpo. Sus palabras eran las justas. En cada silencio yo simplemente hacía alguna pregunta para darle pauta para que siga contando su historia.



Pasaron como 18 cigarrillos y bastantes tragos de café. Ella solo consentía que ponga un cigarrillo encendido en sus labios.
 – ¿Hay algo más? Pregunté al sentir que su último silencio se prolongó– ¡No! Me levanté para estirar las piernas. Fui hacía la única ventana desde la que podía mirar la pared despintada de una vieja casa, de la que colgaban unos maceteros en los que apenas había tierra seca y unas matas entre marchitas y verdes. Al otro lado estaba la ciudad, con grades edificios que a la distancia parecían vacíos y en algunos grandes publicidades con rostros sonrientes. Trate de encontrar detalles sin importancia, como una manera de permitir que de mi mente se escaparan las confesiones escuchadas.


No sé si minutos o segundos, pero regresé junto a ella. Nuevamente la miré: seguía acostada e inmóvil. Mis ojos la recorrieron como para entender si todo lo comentado era una realidad, no había razones para no creer en sus palabras. Cinco años de largas conversaciones al son de café eran suficientes para saber que estaba en un gran problema y que la solución no era fácil.

                          

Me volví a acomodar en la almohada, más cerca de ella y de adrede, mi rodilla se posó en su muslo.–  ¿Tienes un plan B?
– ¡No!  – Creo que hay un solo camino que se podría seguir en este caso ¿Podrás hacerlo tú misma?– ¡No!  – ¿Tienes alguien más en quien confiar para que te ayude?– ¡No!  – ¿Quieres que yo lo haga?– ¡Sí! Por favor. Eres el único que puede hacerlo con las mejores intenciones. Ya tengo todo listo para este momento. Prendí el penúltimo cigarrillo de mi cajetilla. Estaba llena cuando llegué. Ya no había café. Y estaba frente a la más compleja decisión de mi vida en que de por medio estaban los cinco años de nuestra gran y única amistad, y al otro extremo un futuro predecible. Me levanté y la dejé allí, acostada en el piso, con los brazos cruzados sobre su pecho y a su lado el jarro de café, la almohada, el cenicero con las colillas apagadas, la ventana abierta… salí de la casa y fui hasta mi auto. Del asiento derecho tomé una cajetilla de cigarrillos que la tenía de reserva y que nunca pensé que me serviría para este momento. Regresé a la habitación y todo seguí igual. Me senté junto a ella y volví a colocar mi rodilla en su muslo. En el trayecto tomé la decisión. No le fallaría a su único sí. Pase lo que pase y sabría afrontar las consecuencias.

                                          

Le saqué el cigarrillo de la boca. Y el mío lo tome entre mis dedos. Estiré mi pierna y levanté la basta de mi pantalón hasta mostrar la caña de mis botas de modelo español, del interior extraje una de los artículos que siempre me acompañaron y la razón de usar esas botas.




Al sacarla de su funda que estaba pegada a la caña de mi bota, pude verla y de seguro esta sería la última vez; de modelo florentino, de hoja recta, muy estrecha y brillante, de sección poligonal; sus defensas cortas y cruciformes. Al tomarla en mi mano sentí los grabados del mango.



 
Cerré mis ojos y calculé el espacio entre la cuarta y quinta costilla, entre la costillas y el corazón, datos necesarios acordes con la contextura de ella y considerando la posición de sus brazos. Ella no se movería para darme facilidades.
Abrí mis ojos y volví a poner el cigarrillo en sus labios. Y yo fumé del mío.
 



Mientras mi rodilla aprisionaba su muslo, prendí dos cigarrillos, puse uno en los labios de ella y el otro en los míos. 
 

– Está decidido, lo haré yo pase lo que pase. Es lo único que puedo hacer en nombre de nuestras largas conversaciones, de nuestra amistad y de nuestras vidas. Luego veré como me las arreglo. 
Nuevamente la contemplé al detalle y esta vez me detuve en su pecho. La casi trasparente camiseta blanca permitía identificar el tipo de brasier que usaba, por tanto debía ser preciso para lograr mi objetivo. Ya lo había hecho por otras razones pero nunca como un pedido expreso.





 Quiero que te prepares. Estoy listo y lo haré de una sola vez, de un único golpe. Sentirás el dolor pero no durará mucho. Tendrás unos segundos más y luego ya nada.
 

Vi como chupaba el cigarrillo, pero sin moverse, lo retiré de sus labios y no vi que soltará el humo; lo deje en el cenicero casi a punto de acabarse y yo apague el mío. Pero volví a prender otro y lo dejé en el cenicero, luego lo necesitaría.
 




  Mi mano derecha aprisionó con fuerza el mango de la daga y un destello me llegó a los ojos, al reflejarse en su hoja la luz solar; para mí fue una señal y de un solo movimiento, fuerte y sistemático, sin violencia pero bien calculado, la sepulté hasta que sentí que las defensas toparon su piel; hice un leve movimiento giratorio y la dejé allí, entre sus carnes mientras un leve hilo de sangre marcaba la camiseta blanca.
 
Ella suspiro y soltó el humo del cigarrillo que lo tenía entre sus pulmones, yo esperaba que mi acción haya sido efectiva y eficiente.




 De sus ojos cerrados apenas rodó una lágrima y en seguida los abrió. Me miró y la vi sonreír por unos instantes. Su boca se entreabrió.
 – ¡¡Gracias!! Fue lo último que dijo y su cuello cedió, su cabeza cayo hacia un lado, y fue cuando supe que había hecho bien mis cálculos. A pesar de todo, la experiencia en estos casos también servía. 


Tomé el cigarrillo y lo fumé, me levanté y fui hasta la ventana, la mirada se me  perdió a la distancia hasta que se acabó el cigarrillo. Lo arrojé con fuerza hacia el infinito 
  
 
 
Regresé y la volví a mirar. Al jarro, al cenicero y a la almohada junto a ella, ahora le acompañaba un pequeño charco de sangre. Tomé la cafetera y la bajé hasta la cocina, preparé nuevo café y prendí un nuevo cigarrillo. El aroma volvió a inundar la cocina, me acerqué al teléfono he hice un par de llamadas.

En otro jarro preparé el último trago de café antes de la llegada  o de la mbulancia o de la policía o de  mi amiga abogada.Solo era cuestión de hacer tiempo. Esperé con café y cigarrillo en mis manos.

 
El proceso se cumplió y tengo unas horas antes de escuchar mi sentencia. Mi encierro de estos tres últimos meses es el mejor lugar para escribir esta historia; de seguro tendré algunos años más para contar porqué decidí ayudar a mi amiga al aceptar su último “sí”
























domingo, 10 de julio de 2011

MI SEGUNDA CITA CON ANDREA

Mi segunda cita con Andrea

RAUL ZAVALA

HOY ME LE ROBE ESTE CUENTO A MI AMIGO ZAVALA Y ME TOME EL ATREVIMIENTO DE CONTAR LA HISTORIA CON FOTOS QUE BAJE EL INTERNET.....ESPERO LO DISFRUTEN TANTO COMO YO..


Mi segunda cita con Andrea





Tuvo que pasar algún tiempo para que pudiera escribir el significado de mi segunda cita con Andrea, para tener la suficiente capacidad de descripción sobre los momentos que nos conocimos y pactamos volver a vernos.


La primera vez que Andrea y yo estuvimos juntos fue más por coincidencia en el banco de un parque, bajo la sombra de un gran árbol y el calor típico en una ciudad puerto; fue medio día y una botella de algún refresco.



Y como siempre, debía esperar ir a una reunión; encontré el banco con su respectiva sombra. Me senté, me refresque por unos instantes, miré el reloj y vi que aun faltaba mucho tiempo para llegar al lugar de la reunión. Saqué mi libro, prendí un cigarrillo y a leer una novela periodística.

Habré avanzado unas cinco páginas cuando de reojo vi que alguien quería sentarse en el mismo banco -igual había espacio suficiente- así que me retiré un poco y moví la botella de refresco. Quien se sentó a mi lado fue una bella mujer, muy agraciada, entre los 27 y 30 años; de su cuerpo fluía un extraño aroma que me desconcentró; no usaba ropa despampanante, apenas un pantalón de corte simple pero que reflejaban sus curvas y una blusa sencilla, sin escote y con mangas, pero semitransparente que permitía entender su seductor brasiere.

No pude dejar de mirarla por unos segundos y ella correspondió esa mirada. Antes de regresar a mi lectura, sentí una leve sonrisa, una sonrisa de saludo agradable. Igual hice yo. No fue por mucho tiempo.


–¿Qué lee? Me dijo con un tono de voz seco pero muy atractivo. La regresé a mirar.

–Es la historia de un periodista que escribía obituarios y que decidió redactar el último antes de suicidarse; se titula “Recuso extremo”. Contesté mostrándole mis ganas de conocerla y la portada del libro.

Volví mis ojos a mi lectura pero sin poder concentrarme, realmente quería seguir conversando con aquella hermosa extraña. No tuve que esperar mucho porque ella se acercó y me pidió que le explicara más sobre la novela que yo estaba leyendo.

Su aroma fue más intenso y mi nerviosismo más evidente. Tragué saliva y hablé.

– Es un periodista que cuando estaba por suicidarse le llaman para que escriba un obituario de un hombre que aun no había fallecido, por una extraña razón decide aceptar ese último trabajo; termina involucrándose en un asesinato y se convierte en un fugitivo…

– ¿Cómo es eso de obituario? Me preguntó cortando mi relato


–Es la reseña de una persona para contar su historia de vida, sus logros y fracasos, para informar al público quien fue el fallecido… Nuevamente me interrumpió

– ¿Y cómo es que se quería suicidar ese periodista?

−Con una pistola. Pegarse un tiro en la sien. El tipo estaba recontra deprimido porque no podía aceptar la jubilación…


Otra interrupción. Claro que me gustaban esas interrupciones, me obligaba a mirarla a los ojos. El color de sus pupilas era de una tonalidad muy baja de café y se podía apreciar que había llorado mucho, pero que no le quitaban su atractivo. Podía, además sentir su aroma con más placer y ella parecía que lo sabía. Ahora se encontraba tan junto a mí que podía sentir sus caderas pegadas a las mías.


−Debe ser terrible dispararse en la cabeza. Yo no sé si me atrevería.

−La verdad es que ese asunto de suicidios es muy interesante y mucho para conversar. Le dije sin pensarlo dos veces y esperando que me interrumpiera; no lo hizo, solamente sentí su mirada directa a mis ojos y el mensaje que siguiera hablando.



Le expliqué que el suicidio era una opción de vida y que generalmente es provocado cuando en nuestra mente y alma, algún “botón” se acciona y hace que decidamos ya no seguir sobre este planeta; que la decisión es muy simple: o sí o no, no hay intermedios. El problema del suicido es el cómo hacerlo y para ello hay marcadas diferencias entre como se suicidan las mujeres y como lo hacen los hombres.

−¿Eres sicólogo? Me preguntó

Fue mi oportunidad maravillosa que no la desaprovecharía

−No, no soy sicólogo. Soy Alejandro a las órdenes.
−Disculpa que no me haya presentado. Soy Andrea y espero que no te esté interrumpiendo.

−Para nada, más bien es un gusto y gracias.


Hicimos un silencio por unos instantes, lo que aproveché para mirar sus labios. Se notaban suaves y carnosos, naturales, apenas con un brillo que los hacía sensuales. Realmente una mujer muy atractiva, tanto que pensé no ir al compromiso que tenía si ella quería seguir conversando.


−Me gustó la parte del cómo hacerlo, hablo del suicidio. Me dijo Andrea rompiendo ese corto silencio de identificación.

−¿Sabes porque es la parte más difícil? Porque nadie nos enseña ni enseñará cómo hacerlo, porque al ser el suicido el último acto que haremos en nuestra vida, debe ser perfecto, sin importar prejuicios sociales, de asuntos legales y remordimientos religiosos.

Andrea me miró, pero no estaba extrañada de escuchar mis palabras; más bien la noté bastante interesada.

−¿Has intentado algún rato suicidarte? Me preguntó sin reprimirse

Dejé de mirarla y bajé la mirada, suspiré con fuerza.

−Pues sí Andrea. Una vez lo intenté y me quedó una gran experiencia, por eso te cuento la parte más complicada.
−¿Qué te falló?

−Bastantes cosas. Largo de contar y explicar. No creo que te interese mucho.

−No tengo nada que hacer, por eso salí a caminar y tratar de distraer mi mente.

−Debe ser algo fuerte lo que tienes, tienes los ojos como si hubieras llorado mucho. ¿Te pasó algo?

−No importa, ya luego te contaré.

En esta corta conversación algo pasó, pues nuestras palabras fueron de mayor confianza, como que ya hubiésemos sido conocidos. Sentía la cercanía de Andrea, no solo la física sino también la emocional. Al parecer ella también sentía lo mismo, pues en ningún momento intentó separarse o dar más espacio entre nuestros cuerpos.


Supe en ese momento que tenía que tomar una decisión sobre quedarme con ella o despedirme e ir a la reunión que tenía. Miré el reloj, tenía el tiempo justo para no llegar atrasado, así que me pregunté “¿Qué puede pasar sin no voy a esa reunión?” y yo mismo me respondí “nada, no pasa nada ni pasará nada”. Ahora cómo saber si es que Andrea quería seguir conversando conmigo, si le gustaba estar en mi compañía. Solo había una manera de saberlo.

−Si no tienes nada que hacer de pronto nos vamos a tomar un café y seguimos conversando.

−Me gusta, te acepto un café. ¿Conoces algún lugar por acá?



−Sí, hay una cafetería como a dos cuadras, además es al aire libre y se puede fumar con tranquilidad. Nada como una conversación, un café y un cigarrillo.

Andrea sonrió en cuanto terminé de hablar con una mirada de complicidad. Se levantó del banco, yo primero guardé mi libro y la seguí. Ya parado al verla de pies a cabeza, supe que había tomado la mejor opción; tenía el porte adecuado y su anatomía parecía estar muy bien distribuida. Cerré por instantes los ojos para concentrarme, no quería que me descubriera que la miraba tratando de grabar en mi mente cada detalle de su cuerpo.

Empecé a caminar y ella se colocó a mi lado derecho. Lo que pasó ese rato paralizó mi corazón, mis sentidos; me sentí aturdido sin saber cómo reaccionar, sin saber qué pensar sobre lo ocurrido.

Cuando Andrea empezó a caminar a mi lado, sin ninguna señal metió su brazo por debajo del mío y aferró su mano en mi antebrazo; opté por apretar mi brazo hacia mi costado. Seguimos caminando sin decir nada por unos instantes, hasta que ella nuevamente rompió el silencio.

−Es bueno saber que puedo conversar de un tema que me tiene mal y que no te asuste.

−No tiene porque asustarme… creo que todos alguna vez lo hemos pensado. En realidad es uno de los temas que creo podríamos conversar; por ejemplo tengo la duda del por qué has llorado…

−Ja ja ja ya sabía que algún rato me preguntarías otra vez sobre mi llanto, pero no es el momento para contártelo; tal vez algún día.

Seguimos caminando y empezamos a conversar más bien de la ciudad, del calor, algo de política; era una conversación de relleno hasta llegar a la cafetería. Miradas que nos cruzábamos y sentía el cuerpo de Andrea pegado al mío, tanto que el ritmo de sus caderas se trasmitía a las mías directamente.

Llegamos a la cafetería y buscamos una mesa libre, la vimos y allí nos acomodamos. Llegó una mesera y pedimos solamente dos tazas de café americano y un cenicero; puse la cajetilla y mi encendedor sobre la mesa. No esperamos mucho y nuestro pedido fue atendido; endulzamos nuestros respectivos cafés en silencio, Andrea con mirada perdida en el azúcar y yo mirando como sus manos bien cuidadas jugueteaban con la cuchara y la taza. Yo más práctico y rápido para ese ritual.

Levanté la taza y apure mi primer trago de café para degustarlo; no había problema y procedí a tomar mi cajetilla, la abrí y la extendí hasta la vista de Andrea, ella alzó sus ojos, me brindo una leve sonrisa y tomó un cigarrillo, yo hice lo propio y encendí el de ella primero y luego el mío. Nos miramos como esperando cada uno que el otro empiece a hablar; como siempre fue ella la que tomó la iniciativa.

−¿Sabes por qué te acepté tomar un café?

−Pues, querías conversar, de pronto no tenías con quien hacerlo ese momento; tal vez una forma de desahogo emocional. Creo…

−No, nada de eso. Porque cuando me contaste lo que estabas leyendo y luego me dijiste que en algún momento quisiste suicidarte, pensé que eras la persona adecuada. Por eso estoy sentada acá. Quiero que me cuentes cada detalle; quiero que me digas que aprendiste de no haberlo hecho. Por eso y solamente por eso estoy aquí.

Llevó su cigarrillo a la boca, lo fumó con delicadeza y soltó el humo muy despacio; sus labios no se contrajeron ni forzaron ningún gesto, simplemente se mantuvieron firmes. Miró el cenicero y allí depositó el cigarrillo. Me alzó a ver y la miré.

−Crees tu que voy a tener este tipo de conversación contigo en este momento, cuando puedo aprovechar para conocerte más, para saber de ti, de tus gustos y, claro, las razones por las que has llorado.

−Ja ja ja No señor, jaja ya te dije mis razones, que tu tengas las tuyas es otra cosa. Pero podemos ponernos de acuerdo, podemos negociarlo. Por cierto, lo del llanto no entra en esto.

−Está bien, por ahora no preguntaré sobre tu llanto; pero no es tema olvidado, algún rato deberás decírmelo. Ok?

−Ok. No hay problema. Y ahora dime como empezó tu deseo de suicidarte.

Recomencé a relatarle las razones por las que, en algún momento de mi vida, había decidido suicidarme; a cada parte Andrea me interrumpía y me hacía preguntas, indagaba más y yo aprovechaba para pedirle sus opiniones…

Durante más de 4 horas, tal vez unos 6 cafés cada uno, unos bocadillos y una cajetilla de cigarrillos, es que mi historia terminó. Ya había anochecido y una ventisca suave nos refrescaba. Andrea ya no estaba alejada de mí, estaba junto a mí. No se cómo pero nuestras manos habían aprendido a tomarse y nuestros dedos a entrelazarse.

Y así como llegó a sentarse a mi lado en el banco de aquel parque, me dijo que hora de irse. Lo lamenté muchísimo, pedí la cuenta, la pagué y nos levantamos. Caminamos unos metros y ella se detuvo, se paró frente a mi, sus brazos se extendieron y me abrazo por el cuello, atrajo mi cabeza hacia la suya y sus labios buscaron los míos. No opuse resistencia, lo deseaba y me dejé llevar.

No se si fue largo o corto el beso, pero sí puedo decir que sentí cada milímetro de sus labios y su suavidad. No fue un beso apasionado con fuerza, sino de aquellos que permiten trasmitir todo tipo de sensaciones, en que el tiempo no es importante. Nuestros cuerpos también se juntaron cuando yo la abracé por la cintura y la atraje hacia la mía con suavidad y ella también se dejó llevar.

Nuestros labios se separaron y yo me sentía flotar, me sentía fuerte. Andrea simplemente me miro, sus manos se posaron en mi mejilla y como siempre reinició la conversación.

−No me digas ni me preguntes nada. Yo debo irme.

−Quiero volver a verte.
−Tal vez. Tengo que pensarlo, necesito pensarlo.

−Te llamo, me llamas, me escribes… de alguna manera tengo que saber cuándo volvemos a vernos. No tengo tu número de teléfono.

−Tranquilo, no tendrás cómo localizarme ni yo quiero saber cómo localizarte. Pero si vamos a tener una nueva cita. ¿Confías en mi?

−Creo que no tengo otra opción, eres determinante. Ya lo has decidido y no tengo argumentos para hacerte cambiar de opinión. De acuerdo, confío en ti.

−En ese caso, en tres días, nos veremos en la misma banca en que nos conocimos. Como a las 10 de la mañana. Si no llegas ya nunca más sabrás nada de mi. Si ese día estas en el lugar de la cita, entonces conocerás todo sobre quien soy y por qué lloré. Sabrás dónde visitarme. O aceptas o aquí no ha pasado nada.

−Muy bien. Lo acepto.

Nuevamente se me acercó, me besó con la misma ternura y yo le correspondí. No podía pensar en nada más; en ese momento perdí toda mi capacidad de razonamiento. Ella terminó el beso, nos miramos por unos instantes sin decirnos nada, pero con nuestros cuerpos juntos.

Intempestivamente se separó, miró hacia la calle y alzó la mano, justo un taxi pasó por el lugar y ella lo hizo parar.

−Recuerda, en tres días a las 10 de la mañana en la misma banca que nos conocimos.

−Andrea, tenemos una cita.

−Alejandro, tenemos una cita.

Se subió en la parte posterior del taxi, cerró la puerta, me sonrió tras la ventanilla y vi como se alejaba. Prendí un cigarrillo y recién empecé a meditar sobre lo que había ocurrido, sobre lo que Andrea me había propuesto. Acabé mi cigarrillo mientras permanecí de pie aun sintiendo su roma y los besos de Andrea; su cintura y su caminar aun estaban en mi mente y sentidos.

Igual ya el asunto estaba dado y no tenía más opción que esperar que el plazo se cumpliera para volver a reunirme con Andrea. Esa noche terminó así simple.

Al tercer día llegue 10 minutos antes de la hora pactada para nuestro encuentro. Quería y necesitaba sentir otra vez la mirada de de Andrea, por puro capricho oler su perfume que lo tenía impregnado en mi ser.

Llegó la hora indicada: 10h00; mis ojos miraban de lado a lado para encontrar la figura que tanto me sedujo. 10h10 y no la veía acercarse y lo supe por que miraba el reloj constantemente; pudo haber pasado uno o dos minutos más, cuando se me acercó una señora.


−Buenos días, disculpe. ¿Es Usted Alejandro, el amigo de Andrea?

La miré extrañado, supe ese rato que Andrea no quiso o desistió de nuestra primera cita.

−Sí, soy yo. A las órdenes.

−Andrea me pidió que por favor le entregue esto.

Extendió la mano y me dio un sobre con un periódico. Los recibí con algo de recelo. Quise preguntar por Andrea pero no me dio tiempo. Se despidió y se fue, seguí a la señora y le pregunté sobre Andrea.

−La verdad que no se nada, solo me dijo que le trajera esos papeles.

−Usted debe saber cómo encuentro a Andrea

−No señor, nos conocimos mientras hacíamos fila para un trámite, ella conversó conmigo, me cayó bien; me pareció buena muchacha. Me pidió el favor y como no vi nada malo, pues eso hice, le entregue esos papeles a Usted y no se más. Disculpe usted pero debo irme.

Me quedé intrigado. La única opción que tenía era leer los documentos. Fui hasta el lugar que pudo ser del reencuentro, de nuestra primera cita con Andrea, su aroma, su mirada y su cuerpo. Tomé asiento, prendí un cigarrillo y dejé a un lado el periódico que me habían entregado, abrí el sobre y saqué una carta.


“Querido Alejandro
Tal como habíamos quedado he cumplido con llegar a nuestra primera cita, tal vez no como hubieses imaginado…”

Una carta firmada por Andrea (sin apellido) de casi tres carillas escritas a mano y en cada párrafo me contaba las razones de su llanto, los motivos profundos por lo que se quedó conversando conmigo y los detalles que había explicado; me decía también lo que sintió cuando nos besamos y sintió mi cuerpo.

Al final de la carta me decía: “Me gustó lo que sentí pero nos conocimos tarde”

Dejé la carta a un lado, prendí otro cigarrillo y tomé el periódico; allí estaba una nota de crónica roja que informaba sobre el suicidio de Andrea y que en el lugar se había encontrado una nota que decía “Quizás un día alguien escriba mi obituario”.


Me quedé viendo la foto en vida de Andrea. Me levanté de la banca de nuestro primer encuentro y primera cita. Supe que me pidió un favor. También entendí en dónde sería mi segunda cita con Andrea.